El constitucional derecho a la protesta jaqueda por los que reclaman con furia

Por Gustavo “Gato” Nuñez

La respuesta a los legítimos reclamos como fueron las masivas protestas del año 2001, en defensa de los ahorros “secuestrados” por los Bancos (recordado a través de los tiempos con el nombre de “corralito”) - o la también masiva concentración por la muerte del Fiscal Nisman, asesinado cuarenta y ocho horas antes de probar la connivencia del gobierno de la ex presidente con el atentado a la AMIA, o los famosos “cacerolazos” en tiempos de Pandemia contra un Estado bobo que mantuvo a los argentinos en un agobiante e innecesario encierro y aislamiento) - o la movilización a Plaza de Mayo reclamando más seguridad, cuando los secuestros extorsivos seguidos de muerte eran por aquel entonces moneda común, para dar solo algunos de los ejemplos más conocidos, fueron realizados por auténticos actores emergentes y referentes de nuestra sociedad, sin embargo, pareciera que las protestas sociales de los últimos años, sin mencionar los innumerables reclamos sindicales y sociales del siglo pasado, han devenido en ciudadanos que ya no se lanzan a las calles para hacer escuchar sus voces.

Ya no se manifiestan con la gente marchando de a pie, sino con expresiones virtuales y en el anonimato más riguroso a través de las redes sociales, no siendo esta renovada conducta social, asociada al miedo y si, al hartazgo y la resignación al percibir que los Estados populistas, no dan las respuestas que los ciudadanos reclaman. - Si coincidimos con esta conclusión que más que un enunciado, es un dato de la realidad, razonemos sin dar más vueltas.

Si la gente está padeciendo en los últimos cincuenta años vaivenes que van de promesas y “regalos” de un Estado “progresista”- para después tener que devolverlos con ahorros de sus propios bolsillos, para seguir con el sinusoide argentino, pasar hacia un nuevo Estado Liberal que, con irritable retórica, proclama que “se acabó la fiesta” ofreciendo, “el más importante regalo de la historia argentina”, llamado el déficit cero, con el costo innegociable de que, si un jubilado tiene que pagar un Paracetamol para que sigan “cerrando los números”, que lo siga pagando.

Imaginemos por un rato que “la fiesta” terminó, (aunque nunca fuimos invitados a compartirla) - y al visualizar con estupor y mansedumbre de perro callejero, la guerra de todos contra todos dentro de un mismo o diferentes espacios políticos, la imagen patética de un imberbe en las sombras azuzando a un opositor, los innecesarios discursos cesaristas del poder y hasta la desfachatez de la ex presidente cobrando una jubilación de más de treinta millones de pesos, la respuesta, frente a estos hechos de la realidad … es la resignación.

Ahora, paradójicamente a esta resignación que no es ni por asomo sinónimo de renuncia alguna, aparecen en escena ocupando brutalmente el espacio público aquellos que años atrás, fueron protagonistas y cómplices de la impunidad y, en nombre de la” libertad de protesta” agitan la intifada gravoisiana, incitando a una destitución con la consecuente represión inevitable.

Mientras tengamos que convivir con la soberbia del poder proyectando violencia verbal de arriba hacia abajo, los archi conocidos lúmpemes de la vida y, los trasnochados grupos de izquierda usufructuaran felices el espacio dejado por los silencios que aturden. Estos auto percibidos representantes de no sé quién y sin mandato de nadie, seguirán violentamente en las calles, alegando (en versión libre) el Derecho Constitucional a manifestar.

La protesta está plenamente vigente, pero jaqueado está el derecho que la tutela, entre los que reclaman con furia y un Estado que reprime con la misma moneda.

Más allá de ciertos logros macroeconómicos que no hacen más que reconstruir los daños producidos en guerras perversas de papel, mi función como columnista no está en la obsecuencia, sino en el pensamiento crítico que mantengo desde toda la vida. No me corran “por izquierda” porque los conozco de cerca.

Hasta ahora, la “fiesta inolvidable” la están pagando los más vulnerables y de esto continuar así, difícilmente nuestra entrañable Patria podrá finalmente cicatrizar la hemorragia de esta herida lacerante.