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Opinión

Estar offline está de moda

Durante años hicimos todo lo posible para estar cada vez más conectados. Primero celebramos poder llevar el teléfono con nosotros a todas partes.

Por Por Fernanda Grimaldi
··Lectura 4 min
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Fernanda digital detox
También en InstagramPublicada como Feed y Historia en @pioneropinamar

Después, tener internet en el teléfono. Más tarde llegaron las redes sociales, las videollamadas, las aplicaciones para resolver casi cualquier cosa y hoy la inteligencia artificial promete acompañarnos, ayudarnos y respondernos prácticamente a toda hora.

Y ahora que tenemos todo esto, estar offline se puso de moda.

No deja de parecerme una paradoja maravillosa. Sobre todo porque parte de quienes protagonizan esta pequeña revolución son jóvenes que prácticamente no conocieron un mundo sin internet.

Empiezan a aparecer clubes de lectura, encuentros donde se guardan los celulares, reaparecen las cámaras analógicas, los discos de vinilo, los hobbies manuales, la escritura en papel y distintas actividades que tienen algo en común: para disfrutarlas hay que estar ahí. No conectados. Ahí mismo.

Esta diferencia dice mucho más de nuestra época de lo que parece.

Porque durante mucho tiempo confundimos conexión con presencia. Y claramente no son lo mismo. Podemos estar disponibles para decenas o cientos de personas al mismo tiempo y, sin embargo, no estar completamente presentes para ninguna. Contestamos un WhatsApp mientras hablamos con alguien, miramos Instagram mientras vemos una película, escuchamos un podcast mientras caminamos y revisamos el correo mientras tomamos un café.

Llegamos a desarrollar una capacidad bastante curiosa: hacer varias cosas simultáneamente y sentir que, si no las hacemos, estamos perdiendo el tiempo.

Yo también lo hago. Trabajo en comunicación, gran parte de mi actividad sucede frente a una pantalla y las redes sociales forman parte de mi trabajo cotidiano. No podría —ni querría— vivir al margen de la tecnología. Me fascina todo lo que nos permite hacer y, particularmente, todo lo que estamos empezando a experimentar con la inteligencia artificial.

Pero justamente por eso cada vez valoro más esos momentos en los que el teléfono deja de ser protagonista.

Caminar. Leer. Mirar el mar. Conversar durante horas. Sentarse a tomar un café sin hacer nada más. Recorrer un lugar sin sentir la necesidad de registrar cada instante. Incluso aburrirse un poco.

El aburrimiento, otra especie en peligro de extinción.

Antes esperábamos el colectivo, el turno del médico, a alguien que llegaba tarde o que empezara una película. Hoy cualquier espacio vacío es inmediatamente ocupado por una pantalla.

¿Cuándo fue la última vez que esperamos cinco minutos sin mirar el teléfono?

La pregunta parece insignificante, pero quizás no lo sea tanto. Porque lo que está en juego no es solamente cuánto usamos la tecnología. Es qué estamos haciendo con nuestra atención.

Nuestra atención se convirtió en uno de los bienes más preciados. Aplicaciones, plataformas, medios, marcas y algoritmos compiten permanentemente por conseguir unos segundos más de nosotros. Una notificación, un video, otro video, una recomendación, un mensaje. Siempre hay algo nuevo esperando.

Y ahí aparece algo interesante: frente a esa competencia permanente por nuestra atención, comienza a surgir una reacción que propone exactamente lo contrario. Apagar el teléfono. Volver a actividades analógicas. Encontrarse personalmente. Recuperar hobbies. Leer libros impresos. Compartir tiempo sin pantallas.

No creo que se trate de nostalgia. Tampoco de demonizar la tecnología ni de imaginar que antes vivíamos mejor. La tecnología nos conecta, democratiza conocimiento, facilita el trabajo, acorta distancias y nos ofrece posibilidades extraordinarias.

El problema nunca fue la herramienta.

El problema aparece cuando dejamos de elegir cómo usarla.

Por eso me entusiasma que esta búsqueda de desconexión aparezca entre los más jóvenes. Quizás estén descubriendo antes que nosotros algo bastante sencillo: estar permanentemente conectados no necesariamente significa estar más acompañados, mejor informados ni ser más felices.

Y tal vez ahí haya algo que podamos aprender entre generaciones.

Quienes crecimos en un mundo analógico tuvimos que aprender a vivir en uno digital. Los que nacieron en un mundo digital parecen estar descubriendo algunas virtudes de aquel mundo analógico que nosotros nos apuramos tanto en abandonar.

Ellos recuperan el vinilo. Nosotros descubrimos Spotify.

Ellos compran cámaras con rollo. Nosotros festejamos cuando dejamos de revelarlo.

Ellos buscan lugares donde nadie mire el celular. Nosotros todavía lo dejamos sobre la mesa, por las dudas.

¿Y si el próximo gran lujo no fuera tener acceso a todo, sino poder elegir durante un rato no acceder a nada?

No enterarnos inmediatamente. No responder inmediatamente. No fotografiar inmediatamente. Simplemente vivir algo sin necesidad de transformarlo en contenido.

No quiero volver atrás. El desafío me parece muy interesante: aprender a movernos entre los dos mundos sin quedar atrapados en ninguno. Usar la tecnología cuando nos amplía y saber dejarla cuando nos invade. Porque quizás la verdadera libertad digital no consista en poder estar conectados todo el tiempo, quizás consista en algo mucho más difícil: poder elegir cuándo no estarlo.

Si estar offline finalmente se puso de moda, ojalá sea una de esas pocas modas que duren mucho más de una temporada.

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