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PIONERO
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Año XLVI · jueves, 16 de julio · Pinamar, Buenos Aires
Opinión

La última emoción compartida

Hay algo raro y bastante lindo en ver un partido del Mundial en Pinamar en pleno julio. Afuera, el mar gris, el viento frío, las calles más silenciosas que en enero.

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fernanda
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Adentro, en una casa, en un bar, en el living de un hotel, en el Teatro de la Torre o alrededor de una mesa improvisada, pasa otra cosa: una pantalla encendida, gente que se acomoda, comentarios, nervios, cábalas, algún grito antes de tiempo, ese silencio incómodo cuando la pelota queda peligrosamente cerca del arco o el alivio instantáneo que trae un gol.

No importa demasiado si te sabés de memoria el fixture, si entendés de táctica o si conocés a todos los jugadores. Durante el Mundial, algo nos iguala. Porque no miramos solamente fútbol: nos metemos, casi sin darnos cuenta, en una emoción compartida.

Quizás por eso nos pega tan fuerte. Porque llega en una época en la que cada uno vive cada vez más encerrado en su algoritmo, en sus urgencias, en sus temas, en sus opiniones, en su pequeño mundo personal. Y hay muy pocas cosas capaces de reunirnos frente a lo mismo. De lograr que millones de personas miremos hacia el mismo lado, al mismo tiempo, y sintamos algo parecido.

El primer Mundial que recuerdo es el del 78. Tengo imágenes sueltas. Y no sé bien si son recuerdos propios o si se fueron armando con los años, a fuerza de fotos, relatos y canciones. La gente en la calle, los papelitos, la sensación de fiesta. La canción que repetía que 25 millones de argentinos jugaríamos el Mundial. Y Argentina lo ganó.

Y eso pasó, también, en plena dictadura militar.

Las dos cosas fueron ciertas al mismo tiempo. La alegría fue real para millones de personas y, en simultáneo, se desarrollaba una tragedia brutal. El Mundial del 78 sigue siendo, para mí, la prueba más incómoda de que una fiesta puede convivir con el horror y de que la alegría no siempre cambia la realidad. A veces apenas la suspende por un rato.

Traigo ese recuerdo no para politizar ni para arruinarle la épica a nadie. Lo traigo porque me interesa esa complejidad. Porque un Mundial no arregla la economía, no ordena una vida, no resuelve los problemas de un país ni convierte a una sociedad en otra. Pero produce algo que no es poco: una pausa. Un paréntesis. Una forma de felicidad prestada que, aunque dure poco, existe.

Y quizás ahí esté su verdadero poder.

Trabajo hace años con organizaciones, marcas, instituciones y personas que necesitan ordenar lo que dicen, construir sentido, conectar con otros, generar confianza o encontrar una voz más clara. Y el Mundial me confirma algo que veo también en mi trabajo: la información sola no alcanza. Nunca alcanzó. Las personas no nos movemos solo por datos. Nos mueven los relatos, los símbolos, la posibilidad de sentir que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos. Una camiseta, una canción, una bandera, una frase repetida, una imagen compartida por millones pueden condensar más sentido que cualquier explicación racional.

Por eso el Mundial funciona como una gran máquina de pertenencia. Nos da una historia común, un lenguaje compartido, una excusa para decir “nosotros” sin demasiadas aclaraciones. Y eso vale mucho más de lo que parece. Porque no se trata solo de fútbol. Se trata de lo que el fútbol habilita: esa posibilidad, cada vez más escasa, de sentir algo con otros. No solo opinar, reaccionar o comentar desde una pantalla, sino sentir al mismo tiempo. Reírse, putear, sufrir, abrazarse, quedarse mudos. Estar, aunque sea por noventa minutos, adentro de una emoción colectiva.

En Pinamar, además, esa escena tiene una belleza particular. Julio no tiene el ruido ni la intensidad del verano. La ciudad baja el volumen. El frío invita a quedarse adentro. El mar sigue ahí, inmenso, un poco más salvaje y bastante más solitario. Y entonces un partido puede convertirse en una excusa perfecta para reunirse, abrir una botella, compartir una comida, cruzarse con vecinos o mirar el partido en compañía.

Afuera, el invierno. Adentro, una emoción común.

No creo que el fútbol nos salve de nada. Tampoco creo que haya que pedirle al Mundial más de lo que puede dar. Un gol no cambia una vida. Mucho menos un país. Pero a veces mejora una tarde, abre una conversación, entusiasma, corre un poco el peso de lo cotidiano. Y en una época como esta, bastante cansada de sí misma, no me parece un dato menor.

Quizás por eso seguimos esperando un Mundial incluso quienes no vivimos el fútbol con fanatismo. No porque creamos que un partido vaya a cambiar la realidad, sino porque seguimos necesitando esos momentos en los que la conversación deja de estar tan rota, el ánimo se vuelve colectivo y sentimos que, por un rato, hay algo que nos une por encima de las diferencias.

En tiempos de vidas tan personalizadas, compartir una emoción con otros se volvió más valioso de lo que a veces advertimos. Tal vez no cambie nada. Tal vez dure poco. Pero en invierno, con el mar de fondo y una pantalla encendida, el Mundial alcanza para recordarnos algo bastante simple: no estamos hechos solo para la vida privada. También necesitamos, de vez en cuando, salir de nosotros y sentir en común.

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