Queremos personas reales… hasta que lo son
Si tuviera que elegir una de las palabras más repetidas de los últimos años, autenticidad sería una de ellas.

La escuchamos todo el tiempo en redes sociales, en empresas, en conversaciones cotidianas y hasta en búsquedas laborales: “sé vos mismo”, “mostrate auténtico”, “humanizá tu marca”, “contá tu historia”. Pareciera que todos estamos buscando lo mismo: personas reales.
Sin embargo, a medida que esto es más evidente, más me pregunto si verdaderamente soportamos la autenticidad cuando aparece. Porque una cosa es decir que valoramos personas genuinas y otra bastante distinta es convivir con lo que implica esa autenticidad: contradicciones, errores, vulnerabilidad, límites o cambios de opinión, cansancio. Quizás ahí resida una de las grandes paradojas de esta época porque pedimos humanidad pero seguimos premiando perfección. Los invito a revisar algunos ejemplos cotidianos a ver que aparece. La investigadora y autora Brené Brown lleva años estudiando el impacto de la vulnerabilidad y sostiene algo interesante: la vulnerabilidad es el núcleo de la conexión humana, pero al mismo tiempo es una de las experiencias que más evitamos porque nos expone y nos hace sentir inseguros. Queremos vínculos profundos, líderes cercanos y marcas humanas pero cuando alguien muestra una grieta real, muchas veces aparece incomodidad.
Y en este sentido las redes sociales probablemente sean el escenario donde mejor se expresa esta contradicción. Durante años construimos una cultura visual donde parecía obligatorio mostrarse impecable, productivo, feliz y exitoso. Las plataformas comenzaron a llenarse de fotos perfectas, vidas extraordinarias y versiones cuidadosamente editadas de nosotros mismos. Sin embargo, hoy hay una reacción negativa a ese modelo, se rechaza cada vez más el uso de filtros, se buscan más fotos espontáneas, relatos honestos. Incluso la estética cambió: menos poses rígidas, menos fotos de catálogo y más escenas naturales y del día a día. Me atrevo a decir que muchas veces incluso esa autenticidad termina cuidadosa y estratégicamente diseñada y producida.
Y esto es así porque la perfección cambió de forma pero no desapareció. Un ejemplo interesante fue el fenómeno que generó la actriz Pamela Anderson cuando comenzó a aparecer públicamente sin maquillaje. Más allá de cuestiones estéticas, llamó la atención el impacto cultural que produjo mostrarse de una manera distinta a la esperada. Algo similar ocurrió con la cantante Adele, quien decidió alejarse de la exposición pública priorizando su salud emocional y vida personal. Hay varias figuras públicas que empezaron a hablar con mayor libertad sobre ansiedad, agotamiento, necesidad de poner límites y esto generó reacciones muy diversas. Por un lado, admiración, pero también críticas, sospechas o desconcierto porque aunque culturalmente decimos valorar la autenticidad, seguimos bastante atentos a recibir y consumir versiones idealizadas de personas, de situaciones, de vínculos y de lugares.
Y esto sucede también ocurre en empresas, organizaciones y equipos de trabajo. Durante años predominó una idea de liderazgo asociada a la figura del jefe fuerte, seguro y con respuestas para todo. Alguien sin fisuras. Autores como Simon Sinek vienen señalando que los nuevos modelos de liderazgo tienen menos que ver con mostrarse invulnerables y mucho más con generar confianza. Y la confianza no aparece a primera vista cuando alguien luce perfecto. La confianza aparece cuando sentimos que alguien es genuino. Por eso compartir límites, reconocer errores o expresar dudas ya no necesariamente debilita un liderazgo; muchas veces lo fortalece.
Si lo pensamos un poco, es probable que a las personas que más admiramos no las recordemos por haber sido perfectas sino porque fueron humanas. Porque se animaron a mostrarse vulnerables, porque dijeron algo incómodo, porque reconocieron un error o porque se permitieron ser quienes eran sin máscaras.
Por todo esto personalmente creo que el desafío más grande no es aprender a construir una imagen auténtica, sino sostenerla. Es más quizás lo verdaderamente agotador no sea convivir con la autenticidad de otros, sino sostener versiones irreales de nosotros mismos. Por eso me gustaría dejar una pregunta abierta. Cuando decimos que buscamos personas auténticas, líderes cercanos, vínculos reales… ¿qué estamos esperando exactamente? ¿Queremos personas reales, queremos versiones humanas, pero no tanto como para incomodarnos? O versiones cuidadosamente editadas de la realidad? Y más aún: ¿cuánto espacio nos damos a nosotros mismos para mostrarnos tal como somos, sin sentir la obligación de estar siempre bien, fuertes o siempre a la altura?
Les traigo una noticia: la autenticidad no tiene tanto que ver con mostrarnos más, sino con animarnos a sostener, incluso en lo cotidiano, quienes somos. Por eso creo que mi sospecha se confirma: no estamos cansados de las personas perfectas, estamos cansados de intentar ser una. Ahí está el quid de la cuestión: lo más revolucionario hoy no es parecer reales, sino permitirnos serlo.
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